6 de enero de 2009

Preludio

Dios mio, estoy llorando el sér que vivo
me pesa haber tomádote tu pan...
(Los Dados Eternos, San Cesar Vallejo)

En el último tramo de la adolescencia y sin la selva oscura del Dante, sin Virgilio, y sin Beatriz, pagando las letras de un aprendizaje resignado; me encontré de nuevo con los Dados Eternos en las manos, con Dios al otro extremo de la mesa, con la casa en llamas, con un diablillo borracho que me rondaba el corazón. Un billete más, un billete menos, pasar la noche en negativo, harto del mismo techo, buscando cambiarlo por uno desconocido. Me duele hasta tu felicidad, tu nuevo amor, mi papel de segundón, la fotografía que te robé, mamá, papá, el luto heredado, las malas decisiones, dejar que otros las tomarán por mí. Me pesa llevar tus apellidos, hermano mío, que equivocados que estábamos, el mejor siempre fuiste tú.

En la vertiente de la vía, en mis suicidios del verano, sigue despertándome el guiñar de tus ojos, el jugueteo sintigo, tu breve cintura, el sueño de pasado mañana. Duele (¡y no sabes como!) que te vayas con él, y ¿si hubiese peleado por ti, si no me hubiese creído tanto ese papel de eterno resignado, si jamás hubiese construido ese personaje? Si el boom latinoamericano por una vez sirviera para algo, si alguien me leyera, si valiera una sonrisa cien mentiras, si lo único que me llena es el tiempo por perder, si pudiera volver a empezar, si pudiera olvidarme del mar… perdón por la blasfemia, perdón por la tristeza, está próximo un año más, será algún síntoma de la edad.

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